Desesperación, desánimo,
desesperanza. Las tres “dés” que fielmente te han acompañado toda esta semana.
“O toda la vida”, piensas mientras te
dispones a salir para tomar aire fresco un rato (aun sabiendo que no servirá de
nada).
Estás harta de escuchar que puedes
lograr cualquier cosa que te propongas porque también estás harta de ver tus
metas cada vez más lejanas, incluso extrañas. Mirando hacia el pasado, se ven
como sueños de los cuales solo recuerdas retazos. Mirando hacia el futuro, se
ven como imposibles. En el presente, ni siquiera existen: son espejismos.
¿Para
qué me das una vocación, entonces?
Bordeas el lago.
Quisieras que las lágrimas
recorrieran tu rostro. Quisieras sentir otra vez la alegría de vivir, la
tristeza de no poder cumplir tus objetivos, el disgusto del fracaso. Quisieras
estar llena o, aunque sea, medio llena; quisieras sentir algo más que el vacío.
Quisieras sentir. Quisieras querer.
Quisieras tener energías suficientes
para seguir caminando.
Compartes banco con un desconocido
que se encuentra leyendo quién-sabe-qué. Te dedicas a ver la naturaleza. El
lago. Los pinos. El cielo. No te ayuda ni nada, pero por lo menos puedes
aparentar que estás pensando en cosas interesantísimas cuando en realidad solo
estás pensando en que te gustaría estar pensando en algo.
Cuando por fin logras pensar en algo,
es en que tu cabeza pesa tanto últimamente que debe ser esa la razón por la que
te cuesta tanto mantenerte en pie, caminar, seguirle el ritmo a la vida. Sin
más ni más, la apoyas en el hombro del desconocido, que de buena manera recibe
el gesto, pasando su brazo por encima de ti.
Eres abrazada. Eres amada. Por lo
menos así fue antes de que pensaras en lo ridículo que fue imaginar que eso era
lo que transmitían los ojos del desconocido, ahora posados sobre ti. De todos
modos, subiste la mirada para comprobarlo.
Y sí que fue así.
Jamás habías sentido que alguien te
mirase con tanto amor en toda tu vida; que alguien te abrazase como si no fuese
a soltarte nunca más. Hace tanto tiempo que no te daban ganas de llorar, que
cerraste los ojos al sentir que te escocían. “Todo va a estar bien. Todo va a estar bien”. Nadie había dicho esa
frase pero por alguna razón, seguías repitiéndola en tu cabeza. “Todo va a tener sentido. Todo va a estar
bien”.
Al abrir los ojos, estabas frente a
ti, dibujada en el lago. Sin embargo, estabas sola. Tu cabeza se encontraba
apoyada en la nada pero, de igual manera, algo la sostenía. Volviste a levantar
la mirada y te encontraste con un par de pinos en vez de con un par de ojos.
Aun así, sentiste Su mirada y cómo te veía con todo el amor del mundo.
Todo va a estar bien.
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