No tienen vino.


            Disparos. Uno tras otro.

            El gas ya vencido crea una capa densa que dificulta la visión.

            Perdigones.

            Lacrimógenas.

            Gritos.

            Los gritos de un pueblo enfurecido. Los gritos del hambre que no encuentra qué comer. Los gritos de las enfermedades que no encuentran con qué ser tratadas. Los gritos de los familiares que no llegaron a despedirse de su persona querida por culpa del hampa. Los gritos de un pasado arrebatado y de un porvenir incierto. Los gritos de una nación que se ha vuelto una sola persona, apostando por los mismos ideales.

            Los gritos del dolor.

            El grito del impacto de un objeto contra un cuerpo, al cual la vida le fue arrebatada.

            Otra persona más que no volvería a abrir los ojos. Otro chamo más que no volvería a su casa esa tarde. Otra familia rota, desgarrada, muerta. Otro muerto más.

            De entre tantos ojos que le lloraban, estaban los de Ella, que se encontraba más presente que nunca. Para Ella, no era otra persona más, no era solo un número: era un hijo. Dolía. Claro que le dolía. Claro que le duele.

            Todas las madres han experimentado el dolor que produce el ver pelear a sus hijos, pero ninguna madre como Ella, quien debe soportar el dolor de ver a sus hijos pelear entre sí tan brutalmente, matarse, odiarse, perder todo rastro de la humanidad que portan. Buscar entre los ojos de todos los presentes y no encontrar nada más que dolor e ira. Encontrar lo mismo en sus corazones. Ser la Madre de un pueblo que solo exige paz, y recibe agresión, violencia, muerte.

            Entre tantas injusticias, no puede más que sentir dolor y, a su vez, buscarlo a Él para pedirle por nosotros con amor maternal y hacerle una observación similar a la que hizo tantos años atrás:

-       Jesús… No tienen vino. Venezuela no tiene vino.

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