“La energía no se crea ni se
destruye, solo se transforma”.
Parto de esa premisa para afirmar
que te he descubierto, que ya entiendo tu procedencia. Tantos años admirando
tus virtudes: tu bondad, tu inocencia, tu abnegación. Eres tan humana que no
pareces serlo. Y fue entonces cuando entendí que no lo eres, que eres más que
eso: eres energía, eres todo lo bueno del mundo.
Eres un pedazo de sol que, encerrado
en un cuerpo, pasa sus días iluminando los míos. He ahí la explicación de la
felicidad que se encuentra en el color amarillo.
Eres como un cachorro corriendo en
un campo de flores: puro, hermoso, feliz. La palabra ángel se queda corta y de
todos modos te haces llamar litu.
Eres el resultado de la mezcla de
todas las cosas buenas del mundo. Deberías haberte ido en la cápsula que
circula por el espacio con todo tipo de objetos que describen a la humanidad
porque, ¿qué mejor manera de ser representados que por medio de ti? (Aunque si
ya muero de tristeza por tu partida hacia un lugar más cercano, no podría
imaginar cómo me sentiría si te fueras al espacio, claro está).
Tú eres mi humano y yo soy tu zorro;
me has domesticado. Eres mi estrella (o pedazo de ella) que ríe. Pero, por
encima de todo, eres mi rosa (y, por encima de eso, eres mi litu).
Eres esa energía que me impulsa a escribir estos símiles, comparándote con cosas que no podrían igualarse a ti. Solo quiero que sepas que no quepo en mi cuerpo por la felicidad que me causa tu existencia [y que eres, sin dudarlo, lo mejor que me ha pasado en la vida].
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